DOCUMENTO SENADOR CARLOS OMINAMI: NOTAS PARA REFUNDAR LA COALICIÓN

Carlos Ominami
Alfredo Joignant**

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La hora de la verdad

La situación que enfrenta hoy la Concertación es enteramente paradojal. Al mismo tiempo que ha conseguido elegir, por tercera vez consecutiva, al Presidente de Chile, está viviendo el fin de un largo ciclo.

La Concertación se formó, antes que nada, para derrotar a Pinochet. El objetivo se logró y ampliamente. De Pinochet y el pinochetismo que enfrentamos durante más de dos décadas, quedó en verdad poco. Misión cumplida. Y si alguna vez la hubo… la guerra terminó.

El tema hoy es otro. Se trata de identificar los caminos que nos permitan desplazarnos de la transición al desarrollo. Es en este nuevo frente donde la coalición que ha gobernado Chile debe hacer sus pruebas. El terreno es, sin dudas, mucho más pantanoso. Las posiciones son más controvertibles y las certezas menos abundantes. Como quiera que sea, el destino hizo que el inicio del nuevo siglo encontrara a Chile enfrentado a un desafío crucial.

Existen, por primera vez después de más de un siglo, las condiciones para que Chile transite por un camino que conduzca a la superación del atraso y el subdesarrollo. Chile desarrollado en el bicentenario no es un propósito descabellado o una invocación retórica. La oportunidad existe. La cuestión es materializarla. Los requisitos para ello son muchos y muy exigentes. No basta con las ganas.

La condición primera tiene que ver con la conducción. Desde ya disponemos de una palanca central: el liderazgo presidencial. De lo que se trata ahora es de recomponer una coalición social y política que pueda respaldar eficazmente al Presidente y sacar adelante la tarea.

Para que la Concertación mantenga la conducción de la mayoría nacional tiene que esgrimir frente al país una muy buena razón. La hora de la verdad es el momento –no muy largo- para hacer explícita una cierta opción de sociedad. Si todo ha de resumirse a un dilema de gerencia, la suerte ya está echada. El país optará por lo que le resulte más novedoso o crea más eficiente. Después vendrá el tiempo del arrepentimiento. Pero esa es ya otra historia.

La Concertación está empantanada. Para superarse debe, antes que nada, hacer funcionar un principio elemental: en democracia manda la mayoría. Si la ciudadanía nos otorgó en la pasada elección municipal el 52%, pues bien, ejerzamos esa mayoría. Lo mismo debe aplicarse al interior de la coalición superando el sistema de vetos que ha tendido a imponerse. De otra forma nos instalaremos de un modo duradero en el inmovilismo.

Vivimos tiempos desafiantes que admiten pocas opciones intermedias. Se trata de “salir por arriba”. Si no lo conseguimos se abre ante nosotros el escenario de la derrota precoz, del gobierno sin mayoría parlamentaria, rehén de la derecha, condenado a una administración triste del actual estado de cosas. Eso es, ni más ni menos, lo que nos estamos jugando.

Estamos en momentos de definiciones. La democracia, la economía de mercado y la apertura al mundo son parte del consenso nacional. No hay allí debate posible, pero lo demás se puede discutir y en buena hora.

I.- Chile, un país desarrollado en el 2010: la nueva oportunidad

Más allá de las dificultades en materia de generación de empleo y de la lentitud que experimenta la reactivación económica, Chile tiene la posibilidad histórica de alcanzar el desarrollo en el horizonte del Bicentenario. Esta es la primera vez después de más de un siglo en que la oportunidad se presenta.

Tal como lo ha señalado el Presidente Lagos, el horizonte del 2010 puede efectivamente transformarse en motor de desarrollo y superación de las desigualdades y las injusticias bajo un proyecto colectivo de integración y unidad nacional. La experiencia de celebraciones comparables en otros países, por ejemplo la del bicentenario de la Constitución de Filadelfia en Estados Unidos (1987), o más recientemente la conmemoración de los doscientos años de la Revolución Francesa en 1989, muestran las enormes posibilidades que subyacen a horizontes históricos largos. Todos ellos han sido una oportunidad de integración, un singular momento para el despliegue de un nuevo impulso de país. Es a una posibilidad histórica de ese tipo que se enfrenta Chile, de modo prácticamente único en América Latina.

Lo anterior le proporciona al país y a la Concertación un norte de desarrollo y de sentido, debiendo para alcanzarlo convertirse en una coalición cuya finalidad es hacer de Chile un país moderno e integrado. No podemos desperdiciar esta oportunidad, no olvidemos que Chile: un caso de desarrollo frustrado ya se escribió una vez.

II.- Contener a la derecha y los poderes fácticos

La derecha debe ser contenida no por simple voluntad de preservación del actual poder gubernamental, sino porque ella no es capaz de conducir al país al desarrollo. Objetivamente la derecha no reúne las condiciones necesarias para encabezar un proyecto nacional, incluyente e integrador.

Un proyecto nacional no puede ser conducido por todos, pero sí debe asegurar espacio para todos. Los gobiernos de la Concertación así lo han hecho. En cambio, la derecha no tiene un proyecto donde quepamos todos.

La derecha chilena no es cualquier derecha, como bien lo prueba su situación de aislamiento internacional respecto de otras derechas, sean éstas conservadoras o liberales. Las convicciones democráticas de nuestra derecha están aún sujetas a demostración, por historia y por su comportamiento más reciente. En éste último destacan su colusión con los poderes fácticos y su inclinación justificatoria respecto a las violaciones a los derechos humanos.

La derecha chilena funda parte muy importante de su poderío en una relación malsana entre la política y el dinero: ello le resta toda independencia. Sus éxitos electorales en el último tiempo no son completamente ajenos a esta influencia desmedida del dinero.

A su vez, la derecha ha multiplicado las promesas incumplibles y no sabe garantizar cohesión social sobre la base de los recursos propios de la democracia, y tampoco dispone de los grados mínimos de tolerancia necesarios para garantizar una conducción integradora.

Por otra parte, existe en la actualidad una manifiesta sobre-representación del sector empresarial. Si bien nadie discute su relevancia en el desarrollo nacional, ellos no son los únicos actores. Extremando el argumento de la “incertidumbre”, el empresariado está buscando imponer sin contrapesos sus intereses, y cuenta para ello con el apoyo irrestricto de la derecha política.

La estrecha alianza entre derecha política y derecha económica conforma un poder difícil de contrarrestar que cuestiona y limita permanentemente la soberanía popular.

La eventualidad de un control por parte de la derecha del Parlamento y la Presidencia de Chile, implicaría el acceso al poder total constituyéndose lo que algunos han definido como una dictadura perfecta.

III.- Superar la crisis de sentido y la degradación ideológica

La sociedad chilena ha experimentado a lo largo de la década de los noventa profundas mutaciones, muchas de las cuales son la consecuencia de las políticas modernizadoras emprendidas por los gobiernos de la Concertación. Son estas mutaciones las que se encuentran, por ejemplo, en el origen de cambios radicales en la magnitud y fisonomía de la pobreza, aun cuando la experiencia práctica de la miseria sigue siendo la misma: dolorosa, injusta e indignante. Pero afirmemos con fuerza una cuestión fundamental: el país ha cambiado y para bien.

Así como los niveles de bienestar se han incrementado a lo largo de la última década, se constata también que la sociedad chilena sufre una fuerte crisis de sentido. Lo anterior, debido al efecto combinado de una transición no siempre bien explicada que ha contribuido a generar escepticismo, confusiones y desilusiones. Pero también por causa de decisiones a veces desprovistas de justificaciones y significados sustantivos, como consecuencia del predominio de discursos tecnocráticos. Esto, sin olvidar el efecto –probablemente inevitable- de la globalización. Así, son variados y múltiples los factores que inducen poderosas corrientes de despolitización de nuestra sociedad, restándole paulatina importancia, valor y centralidad a la actividad política, situación que alcanza niveles inusuales en perspectiva comparada. De este modo, se ha transitado imperceptiblemente desde un mundo democráticamente imperfecto, pero en el cual la política y las diferenciaciones que ésta implica hacían sentido, hacia un universo aplanado que hizo posible la articulación exitosa de un discurso elemental y populista, que quedará indeleblemente asociado a la figura de Joaquín Lavín. Para decirlo en otras palabras, se nos empuja a pasar de un mundo con historia a otro simplemente regido por la ideología del fin de lo político.

Ciertamente, no se trata de idealizar aquel mundo sin Lavín de buena parte de los noventa. Simplemente, este mundo, a pesar de sus carencias, hacía posible y deseable el cultivo democrático y pluralista (en el más puro sentido liberal del término) de las diferencias políticas. En ese mundo era posible posponer nuestras legítimas convicciones en beneficio de un proyecto e ideario mayor -el democrático- sobre la base de decisiones fundadas en la razón y la responsabilidad. Sin embargo, esto no suponía ni implicaba eliminar de una vez y para siempre nuestras identidades particulares, ni menos aún nuestras diferencias naturales con la derecha.

La paulatina disolución de las diferencias políticas hizo posible el surgimiento del liderazgo de Lavín, potenciado por el uso exagerado del consenso para evitar o dirimir conflictos públicos. No se puede desconocer la necesidad de los consensos que dieron origen a no pocos avances democráticos. El hecho es que se constituyó un “rayado de cancha” que terminó favoreciendo a una derecha cuyo pragmatismo aparente disimulaba sus concepciones ideológicas, las que combinaban un conservadurismo cultural con un individualismo libertario limitado al espacio económico del mercado… como si las libertades políticas y los derechos sociales no hiciesen sentido ni diferencia. Puede entonces entenderse que exista en importantes sectores de la población un sentimiento de resignación frente al poder de la riqueza.

El surgimiento de Lavín de ninguna manera marca el año I de la historia política chilena de fin de siglo. Por el contrario, él es el resultado de determinadas condiciones políticas, sociales y culturales de los años noventa. A la lógica de Lavín hay que oponer la idea según la cual los asuntos públicos siguen requiriendo respuestas públicas, sobre la base de identidades claras, propuestas auténticas y virtudes cívicas de las elites políticas. A la despolitización hay que oponer la lógica de argumentar para debatir, y deliberar para decidir.

IV.- Recomponer fuerzas políticas democráticas

En un esfuerzo extraordinario la Concertación, encabezada por Ricardo Lagos, logró ganar la presidencia de Chile. Pero, reconozcámoslo con franqueza, más allá del 52% de la reciente elección municipal, esta Concertación no está en condiciones de respaldar eficazmente al gobierno.

Lejos de ser una simple crisis de confianza y probidad, y por tanto circunscrita, las dificultades por las cuales atraviesa la Concertación han puesto en evidencia -casi a la manera de una radiografía- una verdadera “anemia política” de la coalición que se expresa en dinámicas centrífugas, exhibicionismo mediático sin contenido, escasez de propuestas y personalismos a veces extremos. En los días previos a la elección municipal, estuvimos cerca de un real grado cero de la Concertación.

La coalición adolece de una crisis misional, cuyo abrupto estallido sólo se explica por una sentida carencia de debate de ideas en su interior que se arrastra por años.

Se necesita identificar con precisión el conjunto de razones -más allá de los factores inerciales- que precipitaron este desgaste. Si bien la Concertación posee un programa de gobierno es un hecho que, a diferencia del pasado, ya no se observan con la misma nitidez significados, causas y luchas que sean comunes a todos los socios de la alianza.

La Concertación resultó de la necesidad de enfrentar una grave emergencia nacional que requería de una alianza amplia para derrotar una dictadura y abrir paso a una transición a la democracia. Sin duda, ella tiene un balance importante que exhibir, incluso con orgullo. En el período reciente destaca la independencia que han venido recuperando nuestros tribunales de justicia y la normalización de las relaciones cívico-militares, no obstante las tensiones creadas por los avances en los procesos por violaciones a los derechos humanos.

Pero el país, más allá de las heridas del pasado, está agotado de vivir en emergencia. Las razones y sentimientos que prevalecieron durante los primeros años de la transición han perdido su fuerza y capacidad movilizadora. En el proceso, los partidos que integraron la coalición hicieron un esfuerzo extenuante en aras del proyecto común, posponiendo indefinidamente el momento de expresión de sus convicciones profundas e identidades particulares. Para ellos, el resultado ha tenido una dimensión dramática: desestructuración interna, pérdida de sentidos y deslegitimación ciudadana.

Si la Concertación no es capaz de refundarse, hipoteca gravemente las posibilidades de éxito del Presidente que ella misma contribuyó a elegir hace pocos meses. Dejar que las cosas transcurran de este modo sería una imperdonable irresponsabilidad.

Constituye un hecho muy positivo el potenciamiento del liderazgo presidencial y la alta valoración que de él tienen los chilenos. Pero esto no basta para asegurar buen gobierno. El Presidente solo no puede. Requiere -entre otros- del concurso activo de fuerzas políticas y bancadas parlamentarias coherentes y prestigiadas. La generación de una coalición que asegure su propia mayoría y constituya una base de respaldo sólida a la acción gubernamental supone –necesariamente- nuevas definiciones y poderosas iniciativas.

La crisis de la coalición tiene en realidad una doble dimensión: ella se refiere no sólo a un cierto modo de relación entre sus fuerzas constituyentes, sino que las involucra muy decisivamente a cada una de ellas.

No habrá en consecuencia refundación de la coalición sin recomposición de las fuerzas que la sustentan. A su vez, esto supone el desarrollo de un proceso que permita la recomposición de sus identidades fundamentales.

La ciudadanía requiere una mayor autenticidad de las distintas fuerzas políticas. Ella necesita saber qué es lo que las une, pero también qué es lo que las justifica de manera esencial. Este es el desafío mayor que enfrentan los partidos políticos si requieren restablecer sus lazos con la ciudadanía. Aún más: cada partido debe explicitar y asumir su identidad política y cultural, en el marco de una coalición necesariamente muy amplia y diversa.

Así, la Democracia Cristiana tendrá que proporcionarle forma a la categoría de centro, sea éste reformista o de otra índole, y hacer política en consecuencia, asumiendo su carácter de organización de inspiración católica y de raíz humanista. El Partido Socialista deberá hacerse cargo de su historia y de su futuro de cara a lo que son hoy en día las políticas socialdemócratas y los actuales debates de la izquierda mundial, con el fin de rehacer la arquitectura de su propia identidad. Lo mismo debiera ocurrir con el Partido Radical. En cuanto al Partido por la Democracia, su inclinación a una definición de tipo liberal le confiere la oportunidad de dotarse de una identidad más definida, a condición naturalmente que pueda sostenerla de manera coherente frente a la sociedad y a su propia militancia.

Lo que ocurra con la actual configuración partidaria dependerá de la fuerza y coherencia que en definitiva alcancen las nuevas propuestas en camino de elaboración. Así, las propuestas de Nuevo Socialismo al interior del PS, del Centro Reformista impulsado en la DC y –en un modo más primario de formulación- del Liberal-Progresismo en vías de instalación en el PPD, pueden constituir los lineamientos doctrinarios y culturales de una nueva coalición entre socios que constituyen una alianza mosaico más rica y compleja. Este sinceramiento no tiene porqué conducir al predominio de las identidades propias en desmedro de las luchas comunes por la libertad y la justicia que justifican a la coalición. Por lo mismo, más allá de las buenas intenciones, propuestas tendientes a conformar un partido único de la Concertación ya no tienen asidero en la realidad… si es que alguna vez lo tuvieron.

V.- De la coalición de centro-izquierda a la alianza entre el centro y la izquierda

La Concertación cumplió su ciclo histórico. ¿Qué debe seguir? Probablemente asumir que la nueva coalición de gobierno es explícitamente una alianza entre el centro y la izquierda, con todos los desafíos y complejidades misionales que ello implica. Una coalición política más clásica, no muy distinta a las que prevalecen en algunos países europeos, en la cual confluyen culturas e identidades específicas, cuyos partidos deciden aliarse para enfrentar tareas comunes, en nuestro caso, con el trasfondo de una historia que es motivo de orgullo y un horizonte de causas y luchas justas. Son estas causas y luchas las que conforman la razón de ser de la coalición. Se trata, quizás, de causas menos épicas, más austeras y modestas que las del pasado, pero lo suficientemente importantes para justificar el trabajo en común y mantener la distancia con la derecha.

Sin embargo, una coalición compleja y refundada supone que sus partidos se doten de agendas que les sean propias, sin subordinarse ni agotarse en la agenda propiamente gubernamental. Del mismo modo en que no se le puede exigir al gobierno desempeñar papeles de representación de intereses específicos, obviando la misión de velar por el bien de todos los chilenos, tampoco se le puede pedir a los partidos ser meros transmisores de las políticas públicas. Ello significa, entonces, que los partidos cumplan con el papel de representación que les corresponde naturalmente.

De lo anterior se sigue la necesidad de ampliar y diversificar el principio de representación al que están acostumbrados los partidos de la Concertación. En primer lugar, cómo no verlo, porque se ha tendido a perder el monopolio de la representación del malestar y el infortunio de los más pobres, ante una derecha que busca capitalizar el descontento sobre la base de un discurso populista y a menudo demagógico. Enseguida, porque la necesaria representación de los más pobres no le hace justicia a la complejidad creciente de la sociedad chilena, la que también se compone de marginaciones, segregaciones y exclusiones fundadas en edad, sexo, género o en identidades particulares.

Es a ese trabajo de representación de intereses heterogéneos que deben apuntar las agendas de los partidos, y que debe orientar la refundación de la alianza, lo cual se logra a partir de lo que cada uno de ellos representa culturalmente, y no en función de liderazgos de inspiración populista que evocan el surgimiento de un lavinismo de origen concertacionista. Si de una alianza entre el centro y la izquierda se trata, entonces cabe exigirle a cada partido una actitud de sinceramiento en el desempeño de su particular papel de representación: los partidos de centro deben hacer políticas de centro y los partidos de izquierda deben desplegar políticas de izquierda. A cada cual sus propias particularidades, en el marco de misiones y significados compartidos.

La coalición podrá conservar la mayoría electoral y social en la medida en que cada uno de sus componentes aporte con todas sus potencialidades. Se requiere de un centro que asuma sin complejos su condición de tal, y una izquierda que exprese con claridad sus posiciones. Un centro que trata de ser de izquierda o de derecha, y una izquierda que tiende a comportarse como centro promueven la confusión en la ciudadanía y le abren un enorme espacio a la derecha.

No entraremos ahora en el debate respecto de los significados precisos de las categorías de centro e izquierda. Reconozcamos simplemente el carácter pre-populista del intento por disolver las diferencias entre partidos en nombre de temas supuestamente transversales y modernos, como si no existiesen diferencias en el campo de los valores o de los esquemas de comprensión del mundo. A más de dos siglos de la Revolución Francesa, la derecha, el centro y la izquierda son referencias fundamentales a las cuales se subordina, en un país como el nuestro, la oposición entre liberales y conservadores, lo que en ningún caso implica desconocer el surgimiento de conflictos de nuevo tipo, como el de género.

La necesidad de reivindicar la política como espacio de expresión de la soberanía debe situarse en el centro de las definiciones de la alianza.

Los ejes de las diferencias, múltiples y variados (liberales, conservadores, modernizadores, reguladores o reformistas), pueden encontrar cabida natural en una coalición que se describe bajo formas complejas, que acoge incluso en su seno a independientes que proporcionan riqueza y dinamismo a una alianza mosaico.

Si eso es así, entonces cabe explorar todas las posibilidades de reconstitución del tejido básico de la coalición, a partir de su refundación y de un cambio de su propio nombre, un poco en el esquema de coaliciones identidarias y complejas como el Olivo italiano. Una coalición que se dice y se presenta como una alianza entre el centro y la izquierda, pero también entre católicos y laicos, definición explícita a partir de la cual decide abrirse al mundo de los independientes y de los movimientos sociales, en un esquema de vinculación no instrumental, fundado en la verdad de lo que cada cual es.

La promesa de “Crecer con Igualdad” requiere de una urgente actualización. Las dificultades del proceso de reactivación ponen hoy a dura prueba la solidez de nuestras convicciones en materia de equidad y protección social. El crecimiento con equidad de principios de los noventa se fue en realidad debilitando. Por lo mismo, así como el balance en la lucha contra la pobreza exhibe resultados alentadores, no se puede afirmar lo mismo en el plano de las desigualdades. El pensamiento económico de la coalición no puede reducirse a un diseño macroeconómico más o menos innovador. La necesidad de equilibrios sólidos está fuera de dudas. Hay que complementar el rigor macroeconómico con una estrategia de desarrollo y con la adecuada protección a los más débiles, incluyendo la perseverancia en el esfuerzo, siempre difícil, a favor de la redistribución de los ingresos. Hay que decir, fuerte y golpeado, que el crecimiento es condición necesaria pero no suficiente, que con la gente no se puede hacer cualquier cosa, que no es sostenible ni ética ni políticamente una brecha social como la que existe en Chile. La lucha por la igualdad necesita un Estado vigoroso, competente y dotado de las capacidades financieras necesarias. No hay que olvidar que son siempre los poderosos los más interesados en contar con un Estado débil. Precisamente, porque requerimos de un Estado fuerte, es necesario también establecer un nuevo trato con el mundo empresarial. Un actor tan poderoso como éste requiere de reglas y límites perfectamente bien establecidos que contengan su tendencia a imponer sus particulares puntos de vista.

VI.- Plan de contingencia

En lo inmediato, es preciso formular una estrategia que conduzca a una victoria en las parlamentarias del 2001. Tres son los pilares fundamentales en los cuales ella debe establecerse: un elenco óptimo de candidatos, una plataforma de propuestas atractivas y diferenciadoras con la derecha y un núcleo de dirección que, con apertura y coherencia, asegure desde el gobierno y los partidos una adecuada conducción política.

De lo anterior se sigue que el ordenamiento respecto del gobierno supone un compromiso formal con los partidos y las bancadas en torno a un pacto de legislatura construido a partir de un número reducido de iniciativas de gran relevancia. La arquitectura básica de esta plataforma de ideas fue ya sugerida por el Presidente de la República en su intervención del día 31 de octubre.

Así, un primer eje apunta a la elaboración de una propuesta maciza en materia de empleo, con el fin de llevar la tasa de desempleo a un nivel promedio del 7% el 2001.

Un segundo eje, en curso de instalación en la agenda pública, es el de la reforma de la salud, la que exige definiciones políticas muy precisas, con un fuerte contenido de solidaridad, por un lado, y de mayor eficacia del sistema, por el otro.

El tercero se refiere a la necesidad de generar políticas públicas sistemáticas y coherentes en el ámbito de la educación superior. Se trata de un sector postergado por mucho tiempo, el cual ha sufrido una expansión considerable en los últimos diez años, generando necesidades de intervención mediante políticas públicas integradoras, que faciliten el acceso de sectores medios y populares. En una palabra, se trata de revivir la idea fundamental del progreso y la movilidad social como resultado del esfuerzo y el mérito.

El cuarto eje reviste una evidente complejidad y debe presentarse de un modo novedoso: las reformas políticas. No se trata de reiterar las discusiones en torno a las reformas constitucionales, lo cual no significa que éstas no sean necesarias. Lo realmente importante –y es en ese sentido que hablamos de un nuevo tipo de eje- es desplazar tanto la lógica como los énfasis del debate. Más que discutir acerca de la Constitución a secas, quizás sea el momento de iniciar una discusión respecto de las formas del régimen político, en la cual se incluyen reformas de segunda generación destinadas a energizar la democracia.

No se nos escapa que, en definitiva, la condición fundamental de este proceso pasa por la defensa de la política como ejercicio de deliberación democrática respecto de los modos de organización de la sociedad y la elaboración de las políticas públicas. El cosismo, la política-espectáculo o la dictadura del instante atentan gravemente en contra del ejercicio razonado y decente de la política. Estamos aquí frente a un problema mundial que en Chile ha adquirido ribetes alarmantes. La supuesta división entre los problemas de los políticos y los problemas de la gente, constituida por Joaquín Lavín y la derecha en la campaña presidencial, ha tenido efectos devastadores en una cultura cívica nacional maltrecha por 17 años de dictadura.

Remontar esta situación representa un desafío monumental cuya materialización requiere de un gran esfuerzo de pedagogía cívica, repolitización de la sociedad y reivindicación de las instituciones democráticas. En el fondo, se trata de hacer realidad en Chile los universales democráticos, cuya instalación permitiría dejar de dar explicaciones sobre las anomalías de nuestra democracia. En este plano, un país democrático, o simplemente decente es aquel en donde predomina sin traba alguna la soberanía popular por encima de los poderes de corte fáctico, por definición carentes de legitimidad democrática. Un país en donde el pluralismo político es acompañado por el pluralismo informativo y de las ideas. Un país en donde la relación entre la política y el dinero se encuentra regulada, y en ningún caso dejada al albedrío de un mercado unilateralmente dominado por actores altamente ideologizados.

El siglo XX terminó, paradójicamente, dejando muy atrás lo que había sido su rasgo social más distintivo: el ascenso de las capas medias y de los sectores populares. El nuevo siglo se inaugura con un claro dominio del mundo empresarial respecto de cualquier otro sector o grupo social. El desarrollo supone una sociedad más equilibrada, con un poder menos concentrado, una ciudadanía bien establecida y una escala eminentemente ética a través de la cual medir el valor de las personas y de las cosas. Estas debieran ser las nuevas coordenadas de la política chilena, y también las nuevas tareas de una coalición que puede y debe refundarse.

Fuente: Oficina Parlamentaria

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